Ahogándose
Llovía a cántaros. Todos los paraguas y los sobretodos no eran suficientes para cubrirle la ropa, y se mojaba las piernas, interminables. Hacía rato que había terminado de nevar.
La separaba de Jasmín una reja reforzada, pintada de negro aunque el descuido marcado por el óxido era más que evidente.
El cielo ahogaba, con agua gris y azul cerúleo. Aún así, era imposible confudir el agua del cielo con sus lágrimas. Ambas sabían diferente, para cualquiera que decidiera probarlo.
Un hombre con la piel muy blanca y los ojos muy negros las observaba, refugiado bajo un techito precario pero funcional. Sus párpados querían permanecer bien abiertos, pero el peso de la edad les obligaba a tenerlos entrecerrados.
El camión de la basura pasaba rápido, sin realizar su tarea. Sin embargo, los hombres que transportaba no mostraban descanso, gritándoles a las chicas groserías e incitándolas a portarse mal.
Aunque eran apenas las 3 de la tarde, las luces de la calle se encendieron. La mayoría de la gente estaba escondida en sus casas, acurrucada frente a un hogar, o en la cama, disfrutando la quietud de una caja con imágenes bobas y repetitivas.
Y apesar de la lluvia, el frío, la aparene noche y la separación, ellas no dejaban de mirarse.
